El ratón pigmeo chilló y huyó entre grimorios iluminados por velas seniles. Tras él, una sombra zigzagueaba tumbando artefactos mágicos que chisporroteaban en señal de protesta. El roedor saltó, se aferró a un fémur y escaló un esqueleto que reposaba en un trono. Encontró refugio en la calavera coronada de oro y lapislázuli, se ovilló contra el occipital y aguardó inmóvil, en un silencio cascado por sus latidos.
De la oscuridad emergió una zarpa tajante como un punto final.
—¡Neith, no! —protestó el esqueleto.
Bajó a la gata negra de su regazo, ladeó el cráneo y se dio golpecitos huecos en el pómulo. El ratón cayó por su cuenca ocular, rebotó sobre el trono y escapó.
Indignado, el esqueleto se acomodó la corona y giró hacia Neith, agazapada en el rincón donde había desaparecido su presa.
—¿Te parece propio de una suma sacerdotisa corretear alimañas como un vulgar gato callejero?
Neith volvió la cabeza de mala gana. Dos discos solares lo miraron desde la oscuridad.
—Pues te equivocas —la regañó—. El decoro debe conservarse aun en momentos de privacidad. Los muros tienen ojos, y no me refiero a los que flotan en aquellos frascos.
Con estudiada indiferencia, la gata extendió la pata trasera y se dio una lengüetada.
—Así te va —sentenció.
Tres golpes resonaron en la sala. El esqueleto se arrellanó en su trono, agitó un metacarpo, y un portón se elevó con el crujido sordo que sólo pueden producir varias toneladas de granito al ser movidas mágicamente contra su voluntad.
Un funcionario vestido con una falda de lino blanco avanzó dubitativo hasta el centro del recinto, se dejó caer de rodillas y exhibió un rollo de papiro en sus palmas extendidas.
Estaba pálido, y no sólo por las décadas de falta de sol. Había sido designado para aquella tarea como resultado de una apuesta con sus colegas, de esas que parecen divertidas hasta que se pierden.
—Este súbdito solicita audiencia ante Su Majestad el Faraón, Señor Supremo de la Magia, Rey y Dios de este mundo y del siguiente.
—Que hable —ordenó el Faraón, en tono de que no lo hiciera. Su voz era como guadañas rozadas por el viento.
El funcionario tragó saliva.
—Ha llegado un informe urgente del Sur —anunció, y desenrolló el papiro—. La hambruna…
—Que lo deje, y desaparezca.
Perturbado por las diversas connotaciones de aquella última palabra, soltó el rollo y retrocedió haciendo reverencias a intervalos irregulares. Apenas hubo atravesado el umbral, el portón cayó con la deferencia de un mazo de juez. Una semana más tarde, mientras contemplaba el amanecer desde la cubierta de un navío mercante, un marinero le preguntó si echaría de menos la vida de palacio. El ex funcionario negó gravemente con la cabeza, pero no dijo nada.
Neith olfateó el papiro y lo tocó con la pata. El esqueleto se incorporó y lo leyó.
—«A su Majestad el Faraón, deseando que goce de buena salud». —Soltó una risa como una palada de tierra—. «Disturbios en las calles… Guardia sublevada… Orfanato en crisis… Estado de sitio…» Si no enviamos alimento, todos morirán —concluyó—. No podemos permitir eso, ¿o sí, tesoro? Después de todo, soy su dios, les guste o no. Habrá que notificar al intendente de almacenes; sin duda, un impacto considerable en el inventario anual…
Mientras reflexionaba, su mirada vacía recorrió la sala hasta posarse en uno de los relojes que adornaban las paredes: un complejo mecanismo que representaba la trayectoria del sol alrededor del mundo, para escándalo de los astrónomos. Era casi medianoche, hora del almuerzo. Aquello le desenterró una idea.
—Pero antes, ¿no crees que debemos una visita a nuestro huésped?
Neith se relamió.
La luna llena se deslizaba entre los barrotes hasta abrazar el cuerpo encadenado. Su torso desnudo revelaba cada una de sus costillas. Teñido de plata, parecía un boceto de anatomía.
A lo lejos oyó un chillido. Un ratón. Queso. Pan, cerveza y un colchón mullido. La cordura se le escurría con las gotas de sudor. Rió, cantó y rezó en silencio; el hambre había devorado hasta el rugido de sus tripas.
Un tintineo lo arrancó de su sopor. Metal contra metal: la cerradura. Fingió inconsciencia. Si un guardia distraído se acercara lo suficiente, tal vez…
Pero no oyó nada más. ¿Lo había imaginado? Se arriesgó a entreabrir un párpado. Los faroles dorados de la gata le devolvieron la mirada.
—¡Arriba, héroe, que la noche es joven!
Sabía que intentar engañar al hechicero era inútil. Alzó la cabeza.
El esqueleto penetraba en el calabozo portando un bulto envuelto en cuero y una cuchilla tan negra como una esquirla de nada. La luz blanquecina aportaba a su aspecto lo que el cuarto signo de admiración a un alarido.
—Confío en que hoy te sientas algo más sociable —dijo el muerto en tono casual.
No hubo respuesta.
—¿Qué ocurre? ¿El cocodrilo te arrancó la lengua?
Su hermano mayor le había contado aquella fábula: a los niños que mentían, un cocodrilo les comía la lengua. La historia le había ocasionado pesadillas, hasta que su hermano, entre risas, juró protegerlo de todos los cocodrilos del mundo.
Pero su hermano ya no estaba, y el culpable se pavoneaba ante él.
Arremetió ignorando los grilletes que laceraban sus muñecas. Las cadenas se tensaron y sus dientes se cerraron a menos de un palmo de aquella detestable figura. Por fin le lanzó un rugido impotente.
—Por las malas, entonces —respondió el hechicero.
Depositó el bulto sobre una mesita que un momento antes no existía, y lenta, deliberadamente, retiró el envoltorio.
—Repasemos. ¿Cómo entraste a mi palacio?
Alzó aquella cuchilla indiferente a la luz.
—¿Qué buscabas?
El prisionero apretó las mandíbulas anticipándose a lo inevitable.
—¿Quién te envió?
Sólo hizo falta un corte; el filo separaba la carne del hueso antes siquiera de tocarla.
El aroma del pernil asado inundó la celda. El esqueleto sostuvo una suculenta tajada ante sus ojos entre dos falanges y la sacudió. Intentó desviar la mirada, pero no pudo; el hambre lo hostigaba como una jauría de hienas. Se inclinó hacia delante abriendo la boca.
El trozo cayó como por descuido. Lo contempló hipnotizado hasta que, con un chasquido, desapareció en las fauces de la gata.
—¡Pobre héroe! Entrenaste tus músculos, pero no tus tripas.
—¡Maldito seas, hechicero! —bramó el prisionero, forcejeando.
—¡Fascinante! Cualquiera suplicaría a estas alturas. O intentaría negociar. Dime, ¿qué conjuros apuntalan tu voluntad?
—«Dichoso el espíritu templado por la fe en el Señor» —recitó entre dientes.
—Desperdicias tu devoción. El único dios que atiende aquí soy yo, y tu magia blanca no te protegerá eternamente. Te lo preguntaré una vez más, ¿quién eres, y qué buscas?
—Soy Araq, y busco venganza —gruñó.
—¡Típico! El día que uno de ustedes aparezca con un discurso original, creo que volveré a morir de la sorpresa.
Se dejó caer de espaldas y un cómodo sillón se materializó oportunamente para atajarlo.
—Así que Araq, ¿eh? —Cruzó las tibias—. Un sureño. ¿Y qué intentabas vengar, exactamente?
—Mi hermano murió en la guerra… En tu invasión.
—Un suicida. ¿Y eso en qué te incumbe? ¿Te debía dinero?
Araq aspiró ruidosamente y lo escupió. El proyectil chocó contra una barrera invisible, siseó y se evaporó.
—«A tu familia honrarás». Búscalo en tus tomos si quieres, hechicero, aunque no creo que seas hombre suficiente para entenderlo.
—No negaré que hay misterios, no muchos, sí algunos, que exceden mi comprensión. Pongamos por caso, ¿qué empuja a seres presuntamente pensantes a arrojarse contra un ejército inmortal, en vez de deponer sus armas y claudicar como se les ordena?
Araq pestañeó.
—Significa «rendirse» —agregó.
—¿Rendirnos? ¿Como puercos al matadero? ¡Tu reinado es un infierno! ¡Nos estás matando de hambre!
—Porque tu rey mandó quemar la cosecha, creyendo que eso me detendría. Pero nada más lejos de la verdad, héroe; mi reino es un edén: no hay peste, todos tienen techo y abrigo, saben contar, leer y escribir…
—Sólo escriben de horror y sufrimiento.
—¿De veras? ¿Y de qué escriben en tu tierra?
El prisionero no respondió.
—Serás ejecutado y enlistado en mi ejército —sentenció, incorporándose—. ¿Y quién sabe? Tal vez te encuentres con tu hermano.
—Tal vez tú te encuentres con tu madre.
—Ominoso. Adiós, héroe.
El prisionero quedó a solas, y en la oscuridad, sonrió.
Neith trepaba los peldaños agitando la cola. Tras ella, el Faraón ascendía con parsimonia. ¿Por qué el prisionero había mencionado a su madre? ¿Un mero insulto; una bravuconada de un hombre envalentonado por la certeza de su propia muerte? O acaso…
La escalera los condujo a una terraza que supervisaba la ciudad. Neith saltó a la balaustrada y se echó con las patas plegadas. Con un crujido, el Faraón se recostó junto a ella y contempló su obra.
Los edificios se ordenaban como cantantes en un coro: almacenes, talleres y viviendas de piedra caliza resplandecían a la luz de la luna. Ocho avenidas comunicaban el palacio con la distante muralla abaluartada; un octógono impenetrable que protegía la ciudad del desierto, y viceversa. Las calles, alumbradas por faroles perpetuos que supuraban un resplandor verde violáceo, trazaban la tela de una araña obsesionada con la geometría.
Allí abajo sus súbditos cumplían sus quehaceres con la diligencia de quien se sabe observado. En una epifanía de productividad, el Faraón había decretado que la vida del reino transcurriría de noche, evitando así el sopor del calor diurno. Escuelas y factorías abrían sus puertas con el atardecer y no descansaban hasta el alba. La ciudad era un monumento a la eficiencia; cada engranaje humano chirriaba en su lugar asignado.
Semejante proyecto habría resultado impensable sin los servidores reanimados. Leales, incansables y no agremiados, la prosperidad del reino descansaba sobre sus huesudas espaldas. El Faraón no sólo había conquistado a la muerte; la había puesto a trabajar.
Reparó en un guardia esquelético que marchaba por una avenida atestada. Los transeúntes evitaban su mirada hueca y apuraban el paso. No lejos de allí, un barrendero reanimado aseaba meticulosamente la escalinata de una escuela. Una pelota rodó a sus pies; la depositó en su saco de desechos. Los niños se desafiaban unos a otros a recuperarla, pero después de un rato se dieron por vencidos y marcharon cabizbajos.
Otros habían experimentado con la reanimación de cadáveres, por supuesto, y habían sido perseguidos por ello. Por motivos que no alcanzaba a comprender, la gente se escandalizaba al hallar a sus muertos al servicio de algún hechicero industrioso. Pero aquel arte nunca había sido practicado a semejante escala y perfección, sólo posible gracias a su ópera prima.
Alzó la vista más allá de la muralla. Once obeliscos colosales hendían el horizonte en torno a la ciudad. Arcos de luz turquesa serpenteaban perezosamente desde las puntas de oro macizo hasta las bases sumergidas en la arena. Bebían magia de la atmósfera y la capturaban en enormes baterías subterráneas que alimentaban talleres, ingenios y factorías de reanimación. «Concentradores de éter», los llamaban algunos. «Ordeñadores de nubes», decían otros, pero no donde pudiera oírlos.
La construcción del duodécimo y último obelisco avanzaba al abrigo de la noche. A la distancia podía adivinar a los servidores como escarabajos peloteros empujando bloques de granito por rampas zigzagueantes. Pronto estaría completo, y la ciudad sería absuelta de la ley de la gravedad.
Imaginó a multitudes anónimas señalando el cielo nocturno y encogiéndose de terror a medida que su ciudad-fortaleza descendía partiendo las nubes, hermosa como la muerte, inexorable como los impuestos. Las espadas quedarían obsoletas, y todas las rodillas se doblarían ante el brillo de su intelecto y de treinta y seis baterías de cañones flamígeros.
Aquel era su obsequio para las razas mortales: orden absoluto y sempiterno. ¡Cuánto había logrado en pocas décadas! Se estremeció al calcular lo que alcanzaría en los milenios siguientes: otros mundos, otros universos. La realidad misma clamaría su nombre.
Habría festejos, desde luego, y beberían en su honor. Pero no demasiado.
Casi podía verlo. La explanada, atestada de súbditos impacientes. Las trompetas entonaban una grandiosa fanfarria y las miradas giraban como una sola. Entonces emergía a su balcón, todo poder, todo elegancia, y hasta las estrellas se ocultaban en señal de respeto. Una joven gritaba: «¡mamá, es el Faraón, mira qué apuesto!» y alguien la chistaba.
Mientras saludaba magnánimo a multitudes imaginarias, un estallido sacudió el suelo y lo arrojó de bruces a la realidad.
El palacio estaba en llamas.
Levitación, protección, aceleración… El Faraón volaba escalera abajo envuelto en tantos conjuros que las leyes físicas, despechadas, se desquitaban contra la arquitectura. Con cada explosión, enormes bloques de granito se despeñaban a su paso, pero él los pulverizaba con un ademán irritado. Tras él, Neith bajaba los peldaños de dos en dos. Parecía disfrutar del caos.
El chisporroteo que precedía cada estallido delataba su causa: los faroles perpetuos que alumbraban el palacio. El incendio animaba el combustible mágico hasta que, desbordado de júbilo, liberaba en un solo instante siglos de luz almacenada. Las detonaciones derrumbaban secciones completas del edificio y lanzaban rociadas de cristal al blanco vivo que propagaban el fuego.
Llegó al final de la escalera y cruzó el jardín de beleños, sobrevolando estatuas colosales de él mismo que yacían como héroes caídos en una batalla contra el buen gusto. Los estallidos se oían próximos; el foco no podía estar lejos.
Desde la altura veía a sus funcionarios corriendo de aquí a allá, tosiendo, gritando… Llevándose todo lo que no estuviera clavado al suelo.
Dos escribas sudorosos cargaban un escritorio de ébano tan ancho que no cabía por el umbral. Uno intentaba voltearlo en un sentido y el otro en el opuesto. Cuando advirtieron la presencia de su monarca, sus frentes rozaron el suelo antes que el mueble.
Niños ingratos.
Por fin identificó el ala más afectada y se lanzó en picada a través del humo. Recorrió una galería devastada, y al doblar una esquina, frenó tan abruptamente que la corona resbaló sobre sus cuencas.
Tres figuras le cortaban el paso. Dos eran jóvenes; apenas adolescentes. La muchacha era algo más alta que su compañero. Sobre sus túnicas cortas llevaban corazas de cobre demasiado grandes para sus cuerpos, y en sus cintos, espadas sin estrenar. A pesar del calor, temblaban bajo el peso de su presencia. Se preguntó si «alfeñique indefenso» sería algún nuevo estilo urbano.
El tercero era Araq, el prisionero. Su vestimenta, idéntica ahora a la de los otros, disimulaba bastante bien las marcas del encierro. Empuñaba un martillo, y en la otra mano, el pernil olvidado, al que dio un mordisco en actitud desafiante.
—¡Falso rey! —rugió con la boca llena—. ¡Te reto a un duelo de magia!
Mientras aterrizaba, el Faraón se debatió entre los impulsos de vaporizarlo y de arrancarle información. Nadie podía ser tan estúpido; tenía que ser un truco. Estudió la escena. ¿Una emboscada? Sólo multiplicaría el número de víctimas de lo que ocurriría a continuación.
Entonces lo vio; en un rincón, un glifo toscamente grabado en la piedra. Los trazos le eran desconocidos, pero cualquier hechicero con dos falanges de frente habría deducido su función: una trampa mágica. El prisionero intentaba provocarlo para que lanzara un conjuro y volverlo en su contra, sin duda potenciado.
La artimaña era tan burda que el insulto a su inteligencia era casi peor que el atentado contra su persona. Decidió darle una lección acerca de explotar las habilidades de los oponentes. Serviría como material introductorio para la segunda lección, acerca de explotar.
—Tendrás tu duelo, héroe, pero no de magia.
Los intrusos intercambiaron miradas. El plan había fracasado.
—¿O acaso esas armas son de utilería? —agregó.
Con un crujido seco, el Faraón se arrancó el brazo derecho y lo empuñó como una porra. Su técnica era algo torpe, como la de un conscripto en su primer y último día de entrenamiento.
En respuesta, Araq dio un paso dubitativo al frente. El martillo parecía haber ganado peso en solidaridad con su dueño.
Permanecieron inmóviles con la mirada fija en el otro hasta que un estruendo partió el silencio.
Araq arremetió contra el Faraón, pero este interpuso el brazo-porra y desvió el martillo, haciéndole perder el equilibrio. La postura del Faraón se volvió súbitamente impecable. Con un experto giro de muñeca eludió la guardia de su oponente y lo golpeó en el pecho. El impacto retumbó como el tañido de una campana rota. Araq salió despedido y rodó con violencia hasta estrellarse contra un muro. Intentó incorporarse, pero trastabilló y volvió a caer. La coraza se había abollado y le comprimía el pecho.
—¡Papá! —exclamaron sus acompañantes.
—Quítenle esa ridícula lata antes de que se asfixie —ordenó el Faraón—. Su muerte me pertenece.
Los jóvenes corrieron junto al padre, cortaron las cintas de la coraza y lo ayudaron a ponerse de pie.
—Dos izquierdas, tres derechas —diagnosticó el Faraón—. Cinco costillas rotas. Y si esto fuera un arma de verdad, ya estarías narrando tu brevísima epopeya a tu hermano. A propósito, ¿cómo se llamaba?
—¿De veras crees… que te diría… su nombre? —jadeó Araq entre tambaleos.
—¿Por qué no? ¿Temes que le lance un embrujo?
—Los nombres verdaderos… encierran un enorme poder.
—¿Esa es tu táctica para ganar tiempo, héroe? ¿Explicar de magia a un mago?
—Explicar de magia… a un pobre huérfano.
Neith dejó de lamerse y agitó las orejas.
Araq retomó la ofensiva, pero herido y sin armadura, debía mantener la distancia. El Faraón no se molestó en levantar la porra; serpenteaba entre los ataques con facilidad.
—Así es, lo sé todo —continuó Araq—: el abandono de tu madre, el orfanato, el coro del palacio… ¿Falsetto, no? Cuánta tragedia.
—¿Cómo? —protestó el Faraón.
—«La realidad es un libro abierto para el hombre de fe» —recitó con esfuerzo.
—Me pregunto si esa fe sobrevivirá a tu muerte; un servidor con magia blanca resultaría invaluable. Te llamaré «Espécimen C», por «charlatán».
—Lo siento, pero no es así como acaba este duelo; lo he visto.
—¡Absurdo! ¡Esa magia no existe!
—¿Por qué no bajamos las armas y volvemos al plan original? Te enseñaré el verdadero poder de la magia.
La primera sílaba de un conjuro de desintegración se asomó entre los dientes del Faraón, como para averiguar si llovía, pero la sofocó. No iba a caer en la trampa. Era rey y dios. La muerte le llevaba las pantuflas. Y si aquel insensato decía la verdad… Si había logrado desenterrar su pasado…
—¡Te llevarás esos secretos a la tumba! —chilló el Faraón.
—No, hechicero, o mejor dicho…
El esqueleto embistió.
Araq alzó el martillo.
—... Ket.
Una fracción de segundo; ecos de una vida pasada: la dulzura del pastelillo de miel, el perfume de la instructora de canto, las tijeras clavadas en la garganta del faraón anterior, la sangre empapando la almohada.
De regreso al presente, el mundo era cuatro codos más alto, y giraba. A lo lejos, su esqueleto se desarmaba como un rompecabezas.
Cuando la calavera se detuvo, la corona resbaló de su frente, y con un tintineo solemne, rodó.
Los tres se reunieron alrededor de la calavera. El joven la tocó aprensivamente con la punta de la sandalia.
—¿Ganamos? ¿Tan fácil? —preguntó.
—Escondernos durante días en un palacio lleno de monstruos no fue «fácil» —protestó su hermana—, además papá…
—Estoy bien —mintió Araq.
Una detonación lejana sacudió el edificio y los roció de polvillo.
—¿Pero cuántos incendios provocaron, niños? —añadió.
—Puede que nos hayamos pasado un poco… —admitió ella.
—Hay que irnos.
—No lo creo —respondió el cráneo.
Un crujido los hizo voltear. Uno por uno, los huesos de la pila salían disparados hasta ocupar su sitio. Corona y calavera levitaron juntas hasta reencontrarse con escalofriante elegancia de camino al cuerpo en reconstrucción.
—¡INSECTOS IMPERTINENTES! —clamó entre carcajadas—. ¡SOY INMORTAL! ¡SOY UN DIOS! ¡SOY…
—¡Nop! —dijo el joven, atajó el cráneo al vuelo y echó a correr.
Los otros se miraron y corrieron tras él.
—¡Suéltame, mocoso! —gritaba uno.
—¡Papá, ¿qué hacemos?! —gritaba otra.
—¡Cuidado!
El corredor los condujo a un patio interno. El humo teñido de rojo les impedía ver a más de dos codos. Sobre sus cabezas, las pérgolas en llamas formaban un horno invertido, pero no menos letal. Los gritos se convirtieron en toses.
—¡Sigan corriendo, no pasa nada! ¡Como en la forja! —jadeó Araq.
Atravesaron el patio a toda carrera y encontraron refugio en una cocina parcialmente derrumbada. Araq cayó de rodillas abrazándose el tórax.
—¡Papá! —gritó su hija, y corrió junto a él.
—Papá no puede seguir, sólo yo puedo salvarlos —susurró el cráneo al muchacho.
—Estoy bien —balbuceó Araq—, necesito… —Y se tumbó.
—Ya desvaría, no vivirá mucho más, pero yo puedo sanarlo —insistió.
El joven sacudió la calavera sobre su padre como un salero.
—¡Hazlo! ¡Cúralo! —suplicó.
—Pero verás, para ello necesito mis manos, ¿comprendes?
—¡No! —gimió Araq desde el suelo.
—«Y en su ocaso velarás por tus padres» —recitó el cráneo—. Debes reunirme con mi cuerpo de inmediato. ¡Corre! No hay otra opción.
—¡Mentira! —intervino la hermana—. ¡Zaku, no lo escuches! ¡Papá está bien!
Araq asentía débilmente con la cabeza.
—Ella no comprende. Zaku, eres tan listo, tan valiente...
—¡Ya cállate, bola de huesos! —dijo Zaku, y lo sujetó bajo la axila.
—¡¿Cómo te atremmm?!
—Nanaya… Lleva a tu hermano… —murmuró Araq.
—¡Ni se te ocurra! ¡Vamos, arriba! —ordenó ella.
Entre los dos lo obligaron a ponerse de pie. Cubierto de polvo y hollín, parecía un cadáver. Sólo sus labios se movían en un rezo silencioso.
—¡Sigamos! —dijo Nanaya.
Pero Zaku giraba frenéticamente en todas direcciones.
—¡La salida! ¡Está bloqueada!
—¡Por aquí!
Nanaya echó a correr por un pasillo lateral. Zaku pasó el brazo de Araq por encima de su hombro y fue tras ella. Avanzaron zigzagueando entre pilas de escombros humeantes. Su padre trastabillaba cada pocos pasos y le hacía perder el equilibrio.
Con el rabillo del ojo, Zaku creyó ver una sombra deslizándose entre las rocas.
—¡Nanaya! —gritó alarmado.
Pero su hermana no respondió; giró al final del corredor y se perdió de vista. Zaku intentó apurar la marcha, pero Araq casi no se movía.
—¡Vamos, pa! ¡Ya casi!
Se apuntaló contra el muro y tironeó. Era como mover un camello; Araq apenas se sostenía en pie, y el peso de su cuerpo recaía más y más sobre él. Cada paso amenazaba con ser el último. Entre sollozos, con voz quebrada, Zaku comenzó a rezar, y la carga pareció aliviarse un poco. Apuró los últimos trancos hasta alcanzar el final del corredor, giró y se topó con su hermana inmóvil ante una galería derrumbada.
Estaban atrapados.
Zaku desechó la calavera, se arrancó la coraza y embistió contra las rocas. Pateaba, empujaba y tironeaba, pero los bloques no cedían. Nanaya iba de un lado a otro mordiéndose la uña del pulgar. Araq se reclinó contra un muro y resbaló lentamente hasta caer sentado.
—¡Basta, hay que volver! —exclamó Nanaya—. ¡Busquemos otra salida!
—¡No, papá no puede seguir! ¡Ven, ayúdame!
Zaku se aferró a un bloque y tiró. Apoyó un pie contra los restos, y luego otro. Sus yemas sangraban. El gruñido de esfuerzo se convirtió en un sollozo de impotencia.
—Dulce Nanaya, aún hay esperanzas —susurró el cráneo.
—¡Cállate!
—Puedes salvarte… Puedes salvarlos a todos.
Encendida de ira, Nanaya alzó un bloque más pesado que ella misma, y con un rugido animal lo descargó sobre el cráneo. La roca se partió en dos, y este, intacto, resopló con desprecio.
Araq entreabrió los ojos, gateó pesadamente y lo tomó con manos temblorosas.
—¿Tienes miedo, hechicero?
—Te daba por muerto. ¿Qué ocurre, héroe? ¿Tu magia se agotó?
—La usé… para otra cosa.
—Ya lo creo. Dime, ¿qué se siente asesinar a tus propios hijos?
—Te equivocas —respondió con orgullo—, ellos insistieron en venir.
Giró el cráneo hacia sus hijos.
—¡Miren, niños! ¡Cree que la muerte nos asusta como a él!
Ellos lo señalaron y forzaron carcajadas.
—Es el día más glorioso de mi vida —dijo Nanaya.
—Cantarán sobre nosotros hasta el fin de los tiempos —agregó Zaku.
—¿Entiendes ahora? —continuó Araq—. Estás acabado. ¡Por ti, hermano!
—¡Por ti, tío! —clamaron sus hijos.
—¡Ay de mí! —suspiró el cráneo—, excepto…
—¿Excepto qué?
—Ah, pero no quisiera interrumpir su gloria… Los cánticos en su honor…
—¿Excepto qué, hechicero?
—Ni la mismísima muerte fue capaz de detenerme, ¿por qué crees que una pila de rocas iba a hacerlo?
Zaku ahogó un sollozo.
—Da igual —gruñó Araq—. Quedarás sepultado para siempre.
—¡Diez mil servidores reanimados, héroe! ¿Sabes siquiera contar hasta diez mil? ¿Cuánto crees que les tome exhumarme? ¿Una semana? ¿Dos, a lo sumo? Para ti, es el fin de tu linaje; para mí, son vacaciones.
Araq jadeaba entre dientes.
—Pero no tiene que acabar así —continuó el cráneo—. Bueno, en tu caso, sí; semejante impertinencia ha de ser debidamente compensada, por supuesto. Pero tus muchachos son listos; les aguarda una carrera meteórica como funcionarios de mi corte. ¿Qué dices? ¿Harás lo correcto, o condenarás a la sangre de tu sangre al suplicio del olvido?
Una sucesión de estallidos estremeció el palacio; una reacción en cadena. Muros y techos ondeaban como cobras heridas. Desde el otro extremo del corredor les llegó el estruendo de bloques despeñándose, cada vez más cerca.
Araq esbozó una mueca demacrada.
—Ominoso. Adiós, hechicero.
El derrumbe había cesado.
Nanaya abrió un ojo. Oscuridad. ¿Estaba muerta? Lo consideró un instante, pero las protestas de cada fibra de su demacrado cuerpo le aseguraron que, por el contrario, estaba extremadamente viva.
Sintió un roce en la coronilla, se frotó el cabello y percibió fragmentos de piedra que crujían unos contra otros al deslizarse lejos de ella.
—Pero qué… —murmuraba su hermano desde algún sitio.
Tanteó alrededor. Cascotes y escombros se apartaban con facilidad. Descubrió que su cuerpo reposaba en el aire, reflexionó cuidadosamente sobre ese hecho, decidió que estaba cayendo, y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Nanaya! —exclamó Araq.
—¡Papá!
—¡Estoy flotando! —dijo Zaku.
—No… —murmuró el cráneo—. No, no, no.
—¡Niños! ¿Están bien? ¡Vengan, sigan mi voz! —ordenó Araq.
Se impulsaron contra los escombros más grandes y avanzaron a tientas en la oscuridad. Estaban buceando en el aire: no había arriba ni abajo, y podían moverse en todas direcciones con absoluta libertad. Pronto se reencontraron en un torpe abrazo.
—¿Papá, qué está pasando? —preguntó Zaku.
—No lo…
Un resplandor se escurrió entre las ruinas.
El palacio, o lo que quedaba de él, levitaba plácidamente en torno a ellos. Balcones y escaleras flotaban como nubes de piedra. Recámaras partidas rotaban lentamente derramando muebles y ornamentos. Bloques sueltos chocaban entre sí para luego alejarse en nuevas trayectorias. Un brillo surgido de los subsuelos bañaba la escena de un sereno tono turquesa.
—Es… ¡Es un milagro! —lloró Araq—. ¡El buen Dios ha oído nuestras plegarias!
—¡Ningún dios, hipopótamo idólatra! —exclamó el cráneo, rodando a la deriva—. ¡Las baterías de éter!
El resplandor aumentaba, acompañado de un zumbido grave que les hacía vibrar los globos oculares.
—¿De qué hablas? —gruñó Araq.
—¡El derrumbe desestabilizó los resonadores! ¡El flujo etérico se está revirtiendo!
—Ah.
—¡¿Acaso no comprendes?!
—Entiendo perfectamente. Niños, hay que irnos ya. Zaku, trae el cráneo; lo arrojaremos a un volcán. Que sus monstruos lo rescaten si pueden.
—¡La ciudad será aniquilada!
Pero Araq ya se alejaba.
—¡Héroe… Araq!
El tono lo hizo vacilar. Se giró de mala gana.
—¡No puedes huir!
—Puedo intentarlo.
—¡No! ¡Debes estabilizar los resonadores! ¡Utiliza tu magia!
—Se volvió loco, papá, vámonos —dijo Nanaya.
—Grandísimo… —La voz del cráneo se suavizó—. Ya basta; no más riñas, Araq; no más tretas. Si no haces lo que te ordeno, todos morirán.
—Estupendo.
—¡No! Son niños, maestros, artesanos… Ochenta mil seres inocentes. No cargan culpa por el destino de tu hermano.
—Da igual. Tu reino muere con ellos.
Araq le dio la espalda, pero no se movió. Sus dedos jugueteaban con la empuñadura del martillo.
—¿Sacrificarás miles de vidas para honrar a un muerto?
—No puedo hacer nada.
—¡Es un conjuro muy simple! Te lo enseñaré: «Ka», palma derecha al frente…
—No sé de qué hablas.
—¡Notación dracónica! ¿Cuál utilizas tú?
Araq suspiró.
—Yo… No sé hacer magia.
Un crujido de cristales rotos emergió desde los cimientos y el resplandor se tornó rojo sangre.
—Por supuesto que sabes hacer magia; te he visto —acusó el cráneo.
—No, hechicero, tú viste lo que quisiste ver. Decidiste que mi aguante era magia, y yo te seguí el juego.
—Pero el glifo...
—Idea mía —se jactó Zaku—. Se me ocurrió que, si creías que había una trampa mágica, no nos harías estallar.
—¡Y Nanaya desentrañó mi pasado cotorreando en el salón de belleza! —protestó con sarcasmo.
—Encontramos cierta correspondencia en el orfanato —respondió Araq—, el único edificio que tus monstruos dejaron intacto. Tú eras el niño de voz de oro obsesionado con tomos prohibidos, ¿o me equivoco?
Filamentos rojos crepitaban entre los escombros como diminutas serpientes de luz. El aire se aquietó y oprimió sus pechos.
—Papá, hay que irnos —murmuró Nanaya.
—Araq… —dijo el cráneo.
—No.
—Aún puedo detener esto.
—He dicho que no.
A lo lejos, un rayo partió el aire y redujo una biblioteca a una lluvia de astillas.
—¡Necio, la venganza sepulta tu escaso juicio! ¡Miles pagarán por tu causa! ¡¿Es ese el epitafio que tu hermano hubiese querido?!
—Nunca lo sabremos.
—¡Zaku, Nanaya, deben hacerlo entrar en razón!
—Púdrete —respondió ella.
Araq y su hija ya buscaban puntos de apoyo para marcharse.
—Papá… —murmuró Zaku.
—No temas, hijo, ten fe.
—No, pa… La gente…
—No podemos hacer nada.
—Pero el Faraón…
—¡¿Se te cocieron los sesos?! —estalló Nanaya.
—¡Zaku! —exclamó Araq—. ¡El hechicero no debe recuperar su poder! ¡Piensa! ¿O ya has olvidado a los vecinos, a tus compañeros, a todos los que mueren de hambre por su culpa?
—¡Puedo salvarlos! —intervino el cráneo.
—¡Ja! —se burló Nanaya.
—¡Haré llegar alimento de inmediato! ¡Está allí abajo, en los almacenes, listo para partir! ¡Carros colmados hasta la luna! ¡Sólo haz lo que te digo!
—Mientes —gruñó Araq.
—¡¿Crees que desoiría las súplicas de mi propio pueblo?! ¡Yo soy su dios!
Flotaron en silencio.
—Óyeme muy bien, Ket, si no envías comida… Si intentas engañarme…
—¡Ahórrate las amenazas, babuino blasfemo! ¡Debes actuar ya!
Araq soltó un suspiro largo y trémulo. La mandíbula le temblaba sin control. Sus hijos lo observaban petrificados.
Por fin se impulsó contra un bloque y sujetó a Ket.
—¡Tu esqueleto! ¡¿Dónde está?!
—Eh…
—¡¿No lo sabes?!
Una cola peluda rozó su mejilla. Se giró y vio una sombra que se alejaba rebotando entre los escombros.
—¡Tras ella! —ordenó Ket.
Araq saltó entre las ruinas siguiendo el camino que la gata indicaba. Orando en voz baja, corrió entre arañas de cuarzo a través de un techo partido, se arrojó hacia una balaustrada y la trepó como una escalera.
Descargas de éter pulverizaban salas enteras y lo obligaban a cubrirse el rostro. Cada movimiento sacudía sus costillas rotas e irradiaba oleadas de agonía.
—¡Puerta a las cuatro! —exclamó el cráneo.
Araq giró indeciso y vio un portón que rodaba hacia él. Se agachó con dolor y sintió el roce del llamador contra el cabello.
Buscó a la gata. Neith lo vigilaba desde un segmento de habitación que flotaba muy por encima de él.
Divisó una colosal estatua del Faraón, tomó impulso y saltó. El impacto contra el mármol le quitó el aire. Quedó temblando, aferrado a una tibia.
—¡Apresúrate!
—Cierra el pico.
Escaló pesadamente las enormes costillas y se asió a la corona. A un tiro de piedra, de pie en aquella habitación derruida, vio el esqueleto inmóvil en la misma pose en la que se había rearmado.
Entre medio, nada.
—¡¿Qué esperas, asno acéfalo?! ¡Muévete!
Pero Araq no respondió. Sus resuellos cortos y vacilantes se entremezclaban con sollozos y rezos fragmentados.
Era lastimoso; patético. A Ket le repugnaba la idea de depender de aquella criatura endeble… Aquel insignificante mortal que había desafiado su intelecto… Aquel inepto que lo había humillado…
—Araq… ¡Araq!
Silencio.
—¡Arriba, héroe, cumple con tu deber!
—Ya…
—¡Reclama tu gloria! ¡Tu apoteosis!
—No puedo…
—¡Por supuesto que puedes! ¡Debes tener fe!
Pero el agarre cedió, y Araq flotó entre destellos carmesí.
Y a su lado flotó Ket, maldiciendo en idiomas olvidados.
«Fracaso»; el peso de la palabra lo aplastó. Había alcanzado la inmortalidad, pero ¿no era la derrota peor que la propia muerte? ¿De qué servía el poder, si…
«¡Toc!»
El martillazo de Araq lo arrojó disparado. El mundo giraba salpicado de rayos chisporroteantes, detonaciones, cascajos, huesos cada vez más próximos, y entonces… falló. Se estrelló, rebotó hasta perder velocidad, y quedó boyando a un trecho desesperantemente corto de su meta.
¡Mortal incompetente, había echado todo a perder! Anhelaba más que nunca tener dedos; específicamente, alrededor de aquel cogote insolente.
Neith pegó un salto, sujetó a Ket por el maxilar y lo llevó colgando como un cachorro enorme y redondo hasta los pies del esqueleto. Este se agitó como una marioneta, tanteó a ciegas, tomó el cráneo y lo enroscó en su sitio.
—Gracias, tesoro —dijo el Faraón, crujiendo las cervicales—. Ahora, a trabajar.
El Faraón levitaba entre destellos carmesí examinando una bola de cristal. Dentro de la esfera se arremolinaban visiones de túneles y contenedores rotos: las baterías de éter. Revolvía su mano libre como un arpista, y sus falanges centelleaban en un glissando evanescente, pero tan pronto el conjuro reparaba un contenedor, se resquebrajaba en otro sitio.
«Es inútil... Demasiado tarde...», murmuraba con amargura. Los gestos se tornaban lentos y esforzados; sus reservas de magia disminuían rápidamente. Por fin descartó la bola, que se estrelló y desapareció.
Con un amplio ademán circular se envolvió un resplandor dorado y salió disparado. Bloques y restos reventaban a su paso; los rayos evitaban prudentes su ira.
Interceptó a Araq, que flotaba semiconsciente, y lo sujetó del cuello.
—Estupendo trabajo, héroe, he aquí tu recompensa. —Y apretó.
—¡Farsante! —gimió Araq.
—No, falso hechicero, es la verdad: la ciudad está condenada. Fuiste demasiado torpe, demasiado egoísta; ya no hay conjuro que pueda salvarla. ¡Pero no temas! Pronto edificaré otra aún más grandiosa. Y aunque nadie recordará tu nombre, cada hombre, mujer y niño conocerá tu gesta: el padre que sacrificó a sus hijos, el campeón que inmoló multitudes… El héroe que fracasó.
El rostro de su presa estaba púrpura. Se inclinó hasta quedar cráneo con mejilla.
—¿Qué ocurre? —le susurró al oído—. ¿El cocodrilo te arrancó la lengua?
Araq alzó el martillo y atacó una y otra vez.
¡Cómo se aferraba a la vida! El Faraón se sentía abrumado por la repugnancia: hacia Araq y sus patéticos forcejeos, hacia la terrible indignidad que había sufrido…
Hacia sí mismo.
Examinó el arma que lo asaltaba en vano y descubrió que no se trataba de un martillo de guerra, sino de herrería. ¿Acaso ese presunto héroe no era más que un simple obrero?
Un cascote estalló contra su omóplato. Zaku le arrojaba escombros y profería toda clase de insultos. Al mismo tiempo, con un bramido salvaje, Nanaya emergió de las sombras espada en alto y la descargó contra su muñeca. La hoja se partió.
—¿Osas desafiar a un dios? —comentó por hábito.
—¡No eres más que un simple esqueleto! —chilló ella entre puñetazos.
—En el fondo, tú tampoco. —Y la apartó de un puntapié.
¿Qué era esa hedionda sensación que anegaba su pecho hueco? ¿Vergüenza? Los dioses no tenían vergüenza. Aquellos mortales ponían su frágil existencia en juego en tanto él se disponía a huir. Aunque la padecían en abundancia, no actuaban movidos por la estupidez, sino por algo más.
Imaginó una eternidad impregnada de aquel hedor; impuro, inmundo por los siglos de los siglos. Aflojó la garra esperando que las súplicas moribundas de Araq mejoraran su ánimo.
—¡Niños, huyan! —jadeó este, y le hundió el mango del martillo en una cuenca ocular.
Los muchachos se le echaron encima. Nanaya forcejeaba y tironeaba de su brazo extendido mientras Zaku acuchillaba su escápula buscando tejidos que ya no existían. Lanzaban burlas y provocaciones desesperadas, pero el Faraón no los oía.
Su mente borboteaba como un atanor alquímico. No podía permitirse menos que esa manada de simios; la sola idea le resultaba abominable, inadmisible. Si claudicaba ahora, ningún escondite del universo podría ocultarlo de su propio escarnio.
No. Les enseñaría el alcance de su poder. Preservaría lo que era suyo por derecho divino: su ciudad, sus súbditos más o menos devotos, su legado. A cualquier costo.
—¡CONTEMPLEN, MORTALES, Y DEN TESTIMONIO AL MUNDO DE MI OMNIPOTENCIA!
Desechó a Araq, se sacudió a sus hijos, y como un relámpago divino partió el suelo hasta alcanzar la red de túneles subterráneos. El daño era irreparable: el éter se liberaría de un momento a otro, y la ciudad, su ciudad, dejaría de existir. Sólo una cosa podría contener semejante poder.
Titubeó. ¿Miedo? ¿A la muerte? Absurdo.
Extendió los brazos y atrajo el éter hacia sí. Las baterías estallaban en columnas de luz líquida que lo golpeaban como arietes. Bajo sus pies, el granito se convertía en lava. La corona fundida caía en gotas doradas sobre sus pómulos.
El conjuro protector cedió casi de inmediato, y por primera vez desde su muerte sintió algo que podía describir como dolor. La fuerza del éter concentrado se extendía más allá del plano material y disolvía la sustancia mágica que constituía su ser.
Pensó en huir. La tarea era imposible, se dijo. Nadie sería capaz de realizarla.
Nadie, excepto él.
Elevó las palmas y encauzó el torrente hacia los cielos, lejos de la ciudad. A medida que el éter recorría sus huesos, estos pasaban del rojo al negro y finalmente se desintegraban.
El desierto temblaba in crescendo. Su cuerpo era apenas un punto en medio de un pilar deslumbrante que partía el horizonte. La agonía desgarraba su conciencia, su existencia se consumía…
La cama estaba fría. La instructora lo arropó. «Buen niño». Hora de dormir.
Un alarido estremeció la bóveda celeste. Por todo el hemisferio, multitudes anónimas señalaban el cielo nocturno y se encogían de terror a medida que una lengua de fuego grababa un jeroglífico al rojo vivo en la superficie de la luna llena.
«Faraón».
El palacio real era ahora un cráter inerte. A su alrededor, los restos del edificio yacían semihundidos en los jardines chamuscados como residuos de una barbacoa de gigantes.
Con la desaparición del Faraón, los servidores reanimados se desplomaron, y la paz con el Sur se selló de inmediato. Cien carros colmados de alimento partieron sin demora como muestra de buena voluntad. Se decía que los sureños podían ser muy vengativos.
Los ex funcionarios ya se ocupaban de reorganizar el gobierno. Tres ambiciosos líderes habían sido sucesivamente víctimas de trágicos accidentes. La política sanaba.
La gente retomaba lentamente la vida diurna. Los ancianos se reconciliaban con el astro rey como con un viejo amigo al que debían dinero, mientras los niños descubrían la dulce fragancia del ungüento para las quemaduras.
Entre tanto, Araq y sus hijos llevaban días revolviendo entre las ruinas. Y no estaban solos: los terrenos reales se habían convertido en un inmenso juego de búsqueda de tesoros que ya atraía visitantes de pueblos vecinos. Incluso se vendían recuerdos. «Lunas llenas con tu nombre grabado». Había de varios precios.
—¡Aquí, miren! —exclamó Nanaya.
Zaku corrió junto a ella. Araq cojeó detrás, envuelto en gruesos vendajes.
Nanaya sacudió el polvo y reveló el objeto curvo: un fragmento de hueso parietal ennegrecido. Zaku le dio un golpe seco con un cascote. La roca se hizo añicos.
—Es él, sin duda —dijo Araq.
—¡Está muerto! ¡Más que muerto! ¡Muertísimo! —celebró Nanaya a los brincos.
Dos buscadoras de tesoros giraron curiosas y Nanaya recobró la compostura.
—¿Por qué creen que cambió de parecer? —preguntó Zaku.
—¡Huevos! ¡Huevos enormes! ¡Huevos gigantes, como de avestruz! —voceaba un vendedor de comidas ambulante.
—No lo sé, hijo. Supongo que fue un milagro.
No lejos de allí, una sombra zigzagueaba entre los escombros. De sus fauces pendía el esqueleto de un ratón pigmeo. Los chillidos del roedor eran como guadañas rozadas por el viento.